La Historia

La Historia 2017-05-05T08:32:22+00:00
Baltasar Martín

Baltasar Martín frente a los corsarios franceses. Grabado de Jorge Rodríguez.

 

Lo que se cuenta a continuación es el desarrollo de los acontecimientos según las Crónicas de Gaspar de Frutuoso, un sacerdote portugués que escribió la crónica más fidedigna y cercana en el tiempo a los acontecimientos, una década después de que ocurriesen.

En torno a esta crónica, y pequeños añadidos de otras fuentes, hemos elaborado la representación teatralizada del acto sobre el que se vertebra el Día del Corsario.

El desembarco

En el amanecer del 21 de Julio de 1553, aparecieron por el norte de Santa Cruz de La Palma, dejando atrás la costa de Puntallana, ocho naves con todas las velas desplegadas, que con buen viento llegaron antes de lo esperado al puerto de la ciudad.

En un primer momento, se pensó que se trataban de barcos españoles, a pesar de que, en días anteriores, los ocupantes de dos navíos flamencos que habían llegado a la isla huyendo de aquella flota, advirtieron a las autoridades que se trataba de corsarios franceses.

No les hicieron caso.

Las banderas de la corona francesa, de azul real con las tres flores de lis en dorado, ondeaban en lo alto del palo mayor de aquellos navíos.

Se trataba de una flota franca. Y el Imperio Español y su emperador Carlos V, estaban en guerra con la Francia de Francisco I.

Comandaba aquella flota el temible capitán François LeClerc, apodado “Pata de Palo”, cuyas fechorías le habían hecho ser temido en todo el Atlántico y, especialmente, en el Caribe español.

Pronto el nerviosismo comenzó a hacer presa de los palmeros, y las campanas de las iglesias de La Luz, del Salvador, de San Francisco, de Santo Domingo y otras ermitas comenzaron a tocar a rebato.

Los habitantes de la ciudad formaron todo lo rápido que pudieron compañías improvisadas y peor organizadas para defender la ciudad, y corrieron hacia la playa con lo puesto.

Junto a las naves francesas, iban a remolque las lanchas de desembarco, repletas de arcabuceros y lanceros, bien armados y pertrechados, prestos para el ataque.

Las lanchas enfilaron en dirección a tierra, y dispararon con todo lo que tenían, protegidos a su vez por el cañoneo desde los barcos.

Contra todo pronóstico, las lanchas corsarias, en lugar de desembarcar en la zona del puerto, como parecía que iban a hacer, viraron hacia el norte y se dirigieron hacia el Barrio del Cabo.

Los palmeros, sorprendidos por aquella maniobra, rompieron filas y decidieron huir hacia el monte. Hombres, mujeres y niños de toda clase social y condición, optaron por abandonar sus casas y todo cuanto tenían.

Sólo un atrevido clérigo franciscano llamado Juan del Manzano trató de detenerles e invitarles a abandonar la ciudad, y por respuesta recibió un arcabuzazo del segundo a bordo de LeClerc, que comandaba en su nombre la expedición a tierra: Jacques de Sorés, hugonote confeso y enemigo declarado de la Iglesia Católica, al que muchos conocían como L’Ange Exterminateur (El Ángel Exterminador) por sus fechorías a ambos lados del ancho mar.

En menos de una hora, la ciudad había pasado a manos francesas.

El regidor de la ciudad, Pedro de Estupiñán, no fue menos que el resto de ciudadanos, y huyó de su casa diciéndole a su mujer e hija que le siguieran.

Pero su esposa, la brava Melchora de Socarrás, se negó rotundamente a abandonar su casa, y frente a los ruegos de sus vecinas y criadas, amenazaba con enfrentarse a los invasores con una botella que agitaba ferozmente con su mano.

Puerta por puerta, los Corsarios fueron expoliando todas las riquezas de aquella ciudad de mercaderes que nadaba en la opulencia.

La misma Melchora de Socarrás acabó siendo apresada por los soldados franceses, y LeClerc ordenó llevarla prisionera a su navío insignia Le Claude, junto con su hija y otras damas de familias nobles locales.

Este hecho, aparentemente menor, supuso un punto de inflexión clave en la historia, como veremos más adelante.

La llegada de un héroe de leyenda

La noticia del ataque corrió como la pólvora por toda la isla, desde la punta de Fuencaliente hasta El Mudo en Garafía, causando gran consternación.

Los descendientes de los antiguos pobladores auaritas, que se dedicaban principalmente al pastoreo, se tomaron la ofensa con más ahínco si cabe. El hecho de que unos corsarios extranjeros hubieran invadido su amada isla les causó gran afrenta, y rápidamente se organizaron para formar la resistencia.

Al frente de ellos se erigió un líder, Pedro Hernández de Justa, un pastor alto y fornido, originario de los montes de Mazo, que la bruma de los tiempos convirtió en leyenda y acabó por cambiarle el nombre por el conocido Baltasar Martín, y su tierra natal, por Garafía en vez de Mazo.

Las razones de este cambio en las leyendas se desconoce, pero hay registros de la época que corroboran la existencia del mazuco Pedro Hernández de Justa, y ni uno que mencione al supuestamente garafiano Baltasar Martín.

Al lado de Pedro Hernández de Justa, iba un mercader Flamenco que había sobrevivido a la persecución de sus dos barcos por la flota corsaria unos días antes, y que soñaba con vengar la muerte de su hermano, resultante de aquella escaramuza.

En muy poco tiempo, un ejército improvisado de isleños procedentes de todos los rincones de la isla, se reunió y bajó a la capital y se enfrentó a los despreocupados franceses, que ya daban por conseguida la victoria.

Pedro Hernández de Justa y el Flamenco lograron acorralar a los franceses en la Plaza de la Aduana (hoy en día de La Constitución, frente a Correos).

Se batieron con gran bravura mientras trataban arrinconarlos en aquella prenderles fuego con tea y alquitrán.

Hasta el cielo se puso de su parte, pues un temporal hizo que el mar se levantara embravecido, impidiendo que los corsarios que estaban en los barcos pudieran acudir al rescate de los que habían bajado a tierra y que se encontraban en evidentes apuros.

Todo estaba saliendo a pedir de boca… hasta que el Regidor Pedro de Estupiñán, por miedo a las represalias que podían tomar contra su mujer Melchora, imploró al teniente Diego de Arguijo que interviniera para evitar la deshonra de su mujer.

Rápidamente bajaron pregoneros a la ciudad para dar la orden real de que no se podía matar a ningún francés, y que quien desobedeciera la orden, sería condenado a la pena capital.

Los isleños, obedientes a la justicia, abandonaron la refriega, dejando tras ellos a únicamente 600 soldados franceses que se encontraban ya muy maltrechos y sin pólvora y que, de haber seguido la lucha, habrían sido aniquilados muy probablemente.

Se detuvo incluso el audaz plan auarita de enviar unos nadadores hacia los barcos, que a pesar del mar tiempo, ya estaban prestos a cumplir el plan de cortar amarras y ver como los barcos se estrellaban contra la costa.

De este modo, los franceses pudieron coger resuello, envalentonados por sentirse inmunes ante los isleños, y continuaron con el saqueo y el pillaje.

El amargo final

Eran tantas las libertades que se tomaron los franceses, que cierto día, uno de los capitanes en tierra, sobrino del mismísimo François LeClerc, se aventuró a salir con un puñado de sus soldados fuera de la ciudad, por la puerta sur, donde aún había algunas casas que no habían sido desvalijadas.

Los isleños, desobedeciendo órdenes, mataron a los soldados y capturaron al sobrino de LeClerc, con el fin de poder utilizarlo como rehén y hacer un provechoso intercambio con Melchora de Socarrás.

Fue entonces cuando apareció en escena un valentón llamado Juan Ángel, que desoyendo a sus compatriotas,  henchido de odio hacia los franceses, decidió tomarse la justicia por su mano y acabó a cuchillo con la vida del capitán francés al grito de “Este ya no volverá más a Francia”.

Aquella acción hizo que se desatara la cólera de François LeClerc que, aprovechando la mejoría del tiempo, envió a tierra un gran cargamento de municiones, alquitrán y pólvora para sus hombres.

Su venganza se estaba fraguando.

Pedro de Estupiñán, que no se rendía en sus intentos de salvar a su esposa, hija y otras damas de alta alcurnia, logró reunir 5000 cruzados de oro para el rescate.

A través de Hans Vantrilla y Beltrán de Zuloaga, dos conocidos comerciantes de la isla de los que Pata de Palo se fiaba, se efectuó el pago y la devolución de las rehenes, a las que el capitán corsario había tratado con el máximo respeto durante su cautiverio.

Una vez devueltas las mujeres, cobrado el rescate, y sin nada más que saquear en aquella ciudad, los franceses decidieron volver a sus barcos y abandonar Santa Cruz de La Palma, pero no sin antes, dejar un regalo de despedida:

Desde la Placeta de Borrero hasta la entrada sur de la ciudad, repartieron todo el contenido de los barriles de pólvora y alquitrán por las puertas de las casas, y le prendieron fuego justo antes de embarcar para subir a los barcos.

La ciudad ardió por completo. Y con ella, toda la magnificencia de aquella ciudad tan opulenta, con sus hermosas casas señoriales de ricos nobles y mercaderes, sus conventos e iglesias, sus hermosos patios y fuentes de agua…

Nada escapó a la furia destructora del fuego que provocaron los franceses.

François LeClerc y su flota, repletas las bodegas de riquezas y mercaderías, tomaron rumbo hacia la Gomera y Tenerife para continuar sus tropelías, pero esa ya es otra historia.